miércoles, 29 de julio de 2009

Universidad



Nuestras universidades están heridas de muerte. Como cualquiera otra institución, empresa, organización han venido sufriendo el embate de cambios culturales, políticos y económicos que están teniendo lugar dentro y fuera de las mismas universidades. Todos nos enfrentamos a tiempos nuevos, a nuevos conocimientos, a avances científicos y a situaciones sociales y éticas complejas que en poco tiempo nos han dejado en un estado de mayor vulnerabilidad. Las universidades como sistemas complejos, más que cualquier otro sistema, han quedado sujetas a la complejidad y a la diversidad del entorno y de sus propios clientes internos, necesitando de investigadores y pensadores y maestros con pensamiento de avanzada que no se pierdan en los laberintos de teorías y de hipótesis, y de abstracciones académicas para cumplir con su verdadera misión: despertar la conciencia de profesores, de estudiantes y de comunidades en la búsqueda de un desarrollo más justo y con bienestar para todos.

Viendo las cosas más de cerca, concluimos que el problema de las universidades, está dentro de las universidades, quizás no solo por haber perdido su razón de ser, sino por haber quedado a merced de quienes la han invadido para el proselitismo y la baratija política, dejando a un lado el verdadero propósito de su existencia. Lo que observamos pareciera más bien ciencia ficción: la necesidad de muchos de convertir los sueños en pesadillas, de adoctrinar alumnos ingenuos con teorías y pensamiento de dudosa validez cultivando sus propios intereses. Las universidades abiertas por los cuatro costados, no pareciera dolerle a nadie lo suficiente como para confrontar sus propias polaridades: por un lado el profesionalismo y el cientificismo de muchos de excelente profesores consagrados por su vocación de servicio y por su sentido ético y por otro lado, los extremismos casi delincuenciales de profesores y alumnos que cultivan sus resentimientos y los implantan en generaciones jóvenes queriendo perpetuar su propia marginalidad. No sabemos si tal confusión, o caos o desorden es por la carencia de una visión estratégica, o por el cultivo de antivalores, o por la improvisación y pésima calidad de la relación entre profesores y estudiantes o porque el contexto universitario carece de mecanismos para corregir tales desviaciones. Lo más grave es que se haya perdido el significado del Alma Mater. Ciertamente podríamos argumentar que la interferencia de gobiernos y funcionarios cuyo pasado como estudiantes fue el de tirar piedras y protestar sin dedicarle mucho tiempo a su formación y preparación humana y profesional, ha dañado la imagen del Alma Mater, perdiendo algunos de sus integrantes conciencia de una convivencia amplia y liberal para beneficio de todos. Si la universidad ha perdido su visión y su liderazgo y protagonismo es porque quienes la integran han perdido contacto, dejándola a merced de quienes creen que destruyendo se construye, y que abriéndola por los cuatro costados sin fortalecer los mecanismos de autoregulación, la universidad podría ser más creativa en buscarle soluciones reales a los problemas que el hombre ha fabricado. La Universidad es luz en la sombras aunque a veces haya terminado siendo una guarida oscura de muchos al servicio de la negación. La universidad es la llama del intelecto que busca los caminos de la verdad aunque a veces se enrede en la diatriba estéril del que habla para tener razón…Si la universidad colapsa, colapsará la paz, y el progreso, y la convivencia social, y el futuro de los jóvenes.

Lo congruente sería proponerse una redefinición desde las entrañas con un proyecto de transformación que intervenga todos los procesos de la universidad como un sistema orientado hacia el conocimiento, la libertad y el desarrollo. Habría que comenzar por una revisión de sus necesidades y de su razón de ser, de su organización y personal y de la cultura académica que hasta hace poco ha sido sustituida por la cultura política. Quien quiera cambio, tendrá que entender las exigencias del cambio y su significado y ser consciente que él mismo tendrá que cambiar primero para exigir que otros cambien. Y cambiar en el contexto universitario, no solo significa cambiar los pensums, los horarios, la rutina de la academia, introducir nuevas tecnologías, contactos y alternativas sino abrirse a otra manera de pensar, de sentir, de relacionarse, de comunicarse, y desempeñarse, alineándose con los procesos de transformación que se exigen de quien ostenta el liderazgo del conocimiento. Universidad significa totalidad, excelencia en todas sus dimensiones, abarcando todo lo que sucede en un universo global, un mundo complejo de relaciones entre el maestro y el discípulo y el ciudadano y el universo. La verdadera función de las universidades es aumentar y trasmitir el conocimiento atendiendo las necesidades económicas, los valores culturales, políticos, científicos y la sabiduría moral para poderse enfrentar a las paradojas del que cultiva el conocimiento para el desarrollismo cuya máxima expresión es la investigación y el conocimiento para el despertar de la conciencia social.

Con frecuencia los cambios verdaderos no se dan porque quienes los propician y los decretan, son ignorantes de si mismos y utilizan las instancias de la universidad para imponer una cultura ajena de autoridad, y de lealtades, quedándole a los demás como alternativa la desesperación y la pérdida de esperanza. Por eso creemos que la Universidad como organismo vivo, tiene que reaccionar y exigir cambios radicales. La universidad es para el universo. Los cambios que se necesitan son cambios de paradigmas, de mapas y valores que nos sacarán del parroquialismo de la ideología y nos permitirá ser conscientes de las necesidades de las comunidades a las cuales las universidades se deben. Lamentablemente nuestras universidades aún no han llegado a la madurez de una verdadera universidad global de las que transformaron a Europa en la edad media y le han dado impulso al desarrollo social desde entonces. Muchas de nuestras universidades han sido utilizadas como palestras ideológicas de grupos políticos sin mayor trascendencia. Muchas universidades aun permanecen dentro de los esquemas reduccionistas de Descartes y de Newton, y de ideologías más recientes que no les ha permitido hacer una transición hacia una generación con más desarrollo, con más justicia y ética social. El hombre académico se queda con frecuencia aferrado a los componentes teóricos de la civilización sin darse cuenta que el hombre maduro necesita un intelecto balanceado entre sus cualidades emocionales y sociales. El objetivo de la universidad es la formación del ciudadano integral con conciencia humana de su contribución social. Recientemente unas cuantas universidades han venido trabajando con nuevos paradigmas, instalando nuevos aprendizajes, con nuevas relaciones entre el profesor y el alumno dejando atrás los modelos doctrinarios y dogmáticos del pasado e instalando una conciencia social con mayor sensibilidad. Aunque hayamos avanzado, todavía permanecemos anclados en la simetría y en la barbarie en la descalificación, y en el castigo y en el maltrato, como modelos de aprendizaje.

Todo cambio comienza por la toma de conciencia: Para ello hay que apartarse de la rutina diaria, y darse el tiempo para pensar como persona sobre mi contribución y significado. Necesitamos meditar, y llegar al vacío paradigmático donde sintamos la presión de encontrar una alternativa para no seguir contribuyendo con el modelo de la nación más poderosa. La salida a los problemas que tenemos no es la descalificación de la inteligencia de otros, ni el desarrollismo que cultivamos. Los problemas se verán como alternativas para la integración de todos en una civilización totalmente humana. Muchos académicos quizás sufran de parálisis paradigmática, pudiendo apenas trasmitir solo una asignatura que probablemente está mejor explicada en cualquier libro de texto. Muchos se sienten incapaces de renovar sus mapas mentales acerca de quién y qué significa el alumno de hoy, de la relación, de la educación como proceso de transformación y del valor agregado a la comunidad a la cual todos sirven, porque han perdido su capacidad de contacto. Trágico que en momentos de crisis de la sociedad, las universidades permanezcan mudas y su personal ausente. Quizás a muchos los domine el miedo a ser tomados en cuenta y prefieren permanecer excluidos o a que se les nieguen oportunidades. Nos encontramos ante la polaridad de la negación y de la afirmación, de la necesidad y de la agenda oculta que reflejan expectativas irreales que nos confrontan a todos. Las universidades siempre han sido un espacio abierto para el pensamiento diverso, para el diálogo y para la confrontación y lo seguirán siendo mientras en el universo existan los problemas que nos aquejan como sociedad. Necesitamos abrirnos a lo inédito, ir un paso delante, abriendo los caminos del bienestar y de la justicia social. Negarse a cambiar es negar su esencia. Lo indeseable sería cambiar para quedarse en lo mismo: en el dogmatismo, o en la ideología o en la adulación para que las cosas pasen sin que haya un lamento. Confundir la necesidad del cambio con la imposición doctrinaria o con la exclusión son coartadas que matan el progreso. Si se quiere cambio, tendríamos que comenzar por revisar las necesidades y las motivaciones de los que pertenecen al equipo directivo para después crear espacios para que todos, profesores y alumnos participen en el diseño de la nueva visión y en la defensa de las ideas y de los derechos humanos. Solo con conciencia y respeto por la libertad, con humildad, y orgullo, se podrá avanzar en estos momentos críticos en un mundo a la deriva.
Los profesores y directores seguirán siendo los maestros pensadores, responsables, modelos a tiempo completo, los gerentes del cambio quienes velan por el desarrollo integral de sus alumnos. Pero se necesita tiempo para recobrar la energía, y la conciencia, y la pasión, y las alianzas, los recursos y sobre todo la ética y la ecología para construir algo nuevo, alineado con los procesos y con los clientes, con el personal, y prestar un servicio de calidad. Los profesores tienen el talento y la preparación para ser fuentes del conocimiento y de modelos con la conciencia del compromiso. Ellos educan y monitorean los procesos de cambio. Muchas veces ellos se excluyen o porque no supieron qué hacer con sus propios miedos o porque mataron sus propios sueños. Los alumnos, y los docentes son los clientes del sistema, con sus necesidades y expectativas, con sus amores y odios, con sus pasiones e indiferencias, con sus inconsistencias personales y lealtades, son la universidad que aprende y gerencia el desarrollo de muchos. Ellos necesitan ser protagonistas de los cambios, pasando de la teoría a la práctica, dejando la pasividad del conocimiento sin acción, creyendo que el crecimiento es responsabilidad ajena. El personal trabajador da apoyo y hace que la cotidianidad se lleve a cabo, empujando las reformas hacia objetivos compartidos. Todas las partes del sistema son necesarias para la transformación. Cada uno en su puesto, cada uno con sus talentos y competencias y su experiencia, y con la mejor de las voluntades, cada uno dándole sentido a lo que hace, con las cartas sobre la mesa, con transparencia y sin agendas ocultas.

La complejidad y la diversidad son características ineludibles, de la universidad de hoy, dos procesos que no podrán ser ignorados. En una universidad existen miles de personas, hablando lenguajes diferentes, con pensamientos y necesidades diferentes, con expectativas diferentes. Lo que se busca no es una universidad conformista, amarrada por un solo credo…Todas las partes necesitan ser escuchadas y tomadas en cuenta promoviendo conversaciones entre todas, sabiendo que nos necesitamos los unos a los otros, para identificar el camino, para confrontarnos directa y abiertamente, para lograr resultados. La verdadera razón de ser de la Universidad es la transformación y el desarrollo en todas sus dimensiones. En la medida que la comunicación sea directa y abierta, la transformación será profunda y verdadera.

Para el humano, existe una necesidad sentida de repensarse, tomándose en cuenta como ciudadano del mundo. Nuestra Alma Mater, es el cenáculo para la renovación y para el compromiso de una participación integral con lo humano, en todas sus dimensiones. La información que se derive de una comunidad con una visión compartida, se concretará en objetivos de crecimiento para todos en todas las dimensiones. Para integrar hay que diferenciar. Para diferenciar hay que observar y tomar conciencia que los que participan son todas personas con talentos y con derechos a sentirse tomados en cuenta. Y como decía Bertrand Russell: “ Lo que nos une y vincula es el conocimiento”.

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